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El Hombre que no quería ser padre
Alfonso Buitrago Londoño

Fragmentos del libro ganador de las Becas de Creación en Periodismo Narrativo Alcaldía de Medellín. Editorial Planeta, 2012

Herencia

La noche anterior a la cirugía le pedí, medio en broma medio en serio, que pronunciara sus últimos deseos.
—Bueno, don Alonso, deje su testamento, que si las cosas no salen bien callará para siempre —le dije–. Diga dónde tiene escondida la caleta –añadí haciéndome el gracioso.
Me miró por unos segundos, en los que tuve tiempo suficiente de advertir mi torpeza, y esbozó una sonrisa complaciente. Más que una herencia material, que sabía que no existía, yo necesitaba saber qué camino debía seguir, si su vida había valido la pena. ¿Había tenido sentido su rebeldía, esa lucha incesante por lo que llamaba su “libertad individual”?

Al verlo en silencio, enfermo, volvían a mi memoria algunas de las batallas que había librado y de las que fui testigo, como la separación con mi madre, con sus gritos y golpes, que él decía que habían sido necesarias para liberar a sus hijos de la opresión materna. Las apuestas por su libertad no habían sido pacíficas. El sentimiento que más me costaba controlar frente a su enfermedad era un intenso deseo de sacarle en cara su violencia y de confrontar su forma de vida: su pobreza y su marginamiento. Al mismo tiempo me daba cuenta, por los comentarios y susurros de familiares y amigos, que ellos también querían reprocharle otras cuantas cosas: deudas, críticas, posiciones radicales, pero preferían hacerlo en voz baja, en esa voz que desaparece pero queda en la memoria.

Las personas que vivimos muchos años en este valle, llamado de Aburrá, sentimos una poderosa fuerza centrípeta que nos empuja a aplastar al caído, como si fuéramos rocas gigantes que se despeñan montaña abajo —pero entonces no volvemos a subir la roca, permitiéndonos reflexionar en la subida, sino que preferimos esperar a que la siguiente generación conserve la tradición y se deje caer a su vez sobre los que han sobrevivido—: "Él se buscó su desgracia", pensábamos en secreto.

Cuando le pregunté por el testamento, me dijo con su voz enferma: "Si muero pueden hacer conmigo lo que quieran, que si existe un más allá yo vendré a buscarlos", y soltó una carcajada sorda, como haciendo gárgaras hacia adentro. Decir "más allá" le producía risa. Recordé un verso de "La violencia de las horas", el poema de César Vallejo que no se cansaba de repetir y con el que le gustaba reírse de cualquier posibilidad de trascendencia: "murió mi eternidad y estoy velándola". ¿Eso era todo? ¿Mi herencia era la promesa de una compañía metafísica y la libertad soberana de hacer con él lo que quisiera?

Orgullo y vanidad

[…] Mi hermano y yo crecimos con la presencia permanente de un padre que no se consideraba como tal, en una ciudad que desprecia la figura paterna y sobrevalora la materna. A veces, en las noches, cuando pensaba en Alonso, oía en las montañas del valle una letanía… Maaaaaadre no hay si no unaaaaaa… Paaaadre es cualquier hijueputaaaaaa… Del mío también decían que era un hijueputa, con rabia. Sobre todo mi madre.

Alonso se hizo un hijueputa leyendo. Leer era adicción y cura, una terapia que lo acercaba y lo alejaba de su padre, de su pasado. Cada semana recorría las ventas callejeras de libros de segunda del conocido pasaje La Bastilla, en el centro de Medellín, buscando obras que después de leer ponía a circular entre sus amigos. No pocos mecánicos y cerrajeros aprendieron a querer la lectura de cuenta de Alonso. Para ellos, como le pasaba a Vargas, uno de los hermanos mecánicos para quien dictó un mensaje de despedida la noche antes de morir, el encuentro más cercano que tenían con la cultura era tomar aguardiente con Alonso. A él le regaló El cuchillo, de Patricia Highsmith, un libro que yo le había regalado a mi madre en un cumpleaños y luego le presté a Alonso.

[…] Alonso era un tipo que no se podía comprar, al que no lo seducían las vitrinas ni los brillantes. No podía aparentar lo que no era ni era capaz de crear o acumular riqueza material. Su posición en contra de una forma de vida basada en la acumulación o que generara "relaciones de poder y sometimiento" era radical. No acumulaba, distribuía. Cada día hacía el dinero necesario para subsistir, aunque casi nunca le alcanzaba, y lo que conseguía de más, cuando se ganaba un chance, por ejemplo, se lo gastaba con sus hijos o compartiendo con sus amigos. Lo único que pudo acumular fueron deudas y algunos amigos, los más tercos. Muchos de ellos le prestaron dinero o le sirvieron de fiadores y en el proceso de pagarles, por retrasos o incumplimientos, perdió algunos. A Jairo, un funcionario de rentas departamentales con quien hizo negocios y acompañó en su duelo de separación matrimonial, o a Jorge, un pintor de desnudos, acomodado, con quien se encontraba cuando el artista estaba deprimido y quería hablar de las mujeres. A ellos los perdió en el camino. Intentó acabar con sus deudas, llevando sus cuentas con cuidado, inventándose negocios cooperativos, pero fracasó metódicamente. Para tener éxito económico hubiera tenido que dejar de ser Alonso. UC

El Hombre que no quería ser padre