Una calle real
Andrés Delgado

 

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Fotografía Juan Fernando Ospina

La sopa de ahuyama más sabrosa del mundo se sirve en la calle Boyacá los jueves al medio día, en el restaurante Kaserol. Lo digo yo, que no he podido superar el terror infantil de enfrentarme a un plato de ese espantoso potaje amarillento y concentrado. El truco está en la crema de leche que flota en la superficie humeante y en el ripio de papas fritas. Cada cucharada es exquisita y crocante. Es la 1:10 de la tarde, el restaurante está a reventar y las meseras van y vienen despachando pedidos. Conmigo está Tatiana, una preciosa chica que se prostituye en el atrio de la iglesia de La Veracruz y que aceptó venir a almorzar conmigo. Tatiana traga la sopa con voracidad animal y me mira feliz con sus ojos grandes y ese destello especial que he visto en otras chicas que viven minuto a minuto.

Hace un momento, en el bochorno de la plazoleta de La Veracruz, me topé con los ojos seductores de Tatiana. Estaba de pie y esperando cliente en el paredón blanco de la iglesia. Cuando me ubicó, bajó la mirada y volvió a subirla, pero esta vez apuntándome con el rifle de cazadora. Conozco ese atrevido gesto: mirar de frente, bajar la mirada un segundo para volver a clavarla con intensidad carnal. Amanda, una novia hermosa y sensual, me retenía cada vez que lo usaba. Ahora que lo pienso, quizás lo aprendió en la iglesia de La Veracruz.

Me acerqué a Tatiana muy prevenido. No supe qué decir. Fue un segundo espantoso. Ella sonrió y los ojos le brillaron. Vestía una blusita de tiras, jean y la piel tostada por el trabajo al sol. Tenía el cabello negro y una rosa roja prendida en la oreja. Usted cómo se llama, preguntó, y tendió la mano. Su tranquilidad hizo que me importaran un carajo las miradas envidiosas de sus compañeras. ¿Usted dónde vive?, preguntó, y yo no dejaba de mirarle los ojos destellantes. Ella estaba encantada. Con toda naturalidad me fue soltando: ¿Vamos a la pieza? Tragué saliva. ¿Y cuánto vale? Veinte mil y me puede echar dos, me contestó sonriente. Sus labios tenían un rojo barato, rojo de flor en su pelo. Yo dudaba. Soy muy aseada y paciente, mi amor, yo no lo acoso. ¿Y cuánto vale la pieza? Ocho mil y nos podemos quedar el rato que queramos, dos horas. ¿Y el condón?, pregunté. A mil y allá lo venden; hay baño, televisor y es muy rica. Carraspeé. No sé cómo diablos le dije: y si son dos, ¿qué hacemos entre uno y otro? Mientras tanto nos acariciamos y vemos películas. Hablaba con la ternura que despiertan la soledad y el hambre. ¿Ya almorzó? No mi amor, no he almorzado. Sin decirle nada más la cogí de la mano y ella se dejó llevar. Caminamos hacía Junín, al Kaserol, a comer esta sopa de ahuyama.

En el restaurante le digo que quiero ir con ella a la iglesia de San Benito. Tatiana se ríe. Es para un reportaje, le explico. ¿Y no quiere ir a la pieza? No sé, ahí vemos. La idea que tengo es pasear con ella un rato por Boyacá. ¿Y cuánto me va a cobrar por acompañarme?, le pregunto. Lo que usted quiera, mi amor, pero me paga ya. Okey y le extiendo veinte mil. Es una profesional, pienso. Terminamos con la sopa y nos sirven “morrillo borracho” –carne bañada en vino–, ensalada, arroz, tajada de maduro, papitas fritas, “chopsuí”. No me atrevo a preguntarle por sus antecedentes. Tatiana debe tener unos veinte años. La idea es estar con ella sin preguntar. Cuando dejamos los platos sin un arroz, Tatiana ve la cuenta por 16.200 pesos y abre los ojos: jueputa almuerzo tan caro.

Salimos del restaurante al enjambre de vendedores ambulantes que hay en Boyacá, al lado de la iglesia de La Candelaria, en dirección al Parque Berrío. A la derecha, tenderetes infestados de lociones, relojes, repuestos para el control remoto, libros, calcetines, correas y lentes de sol. A la izquierda, cerros de películas piratas. Tatiana y yo ojeamos despacio, cada uno en lo suyo, como si fuéramos turistas. Me voy a ver porno: jovencitas, anal, maduras, gais, prenatal, pies, faldas, profesoras, enfermeras. Un feligrés sale de la iglesia dándose la bendición y queda embrujado por un culo que sostengo en DVD. El hombre despierta del hechizo y se larga apenado. Una copia cuesta dos mil pesos, pero si llevo tres me cobra cinco mil. Tatiana me descubre alelado con una deliciosa jovencita desnuda y me hala de la mano. “¡Vamos pues, o se va a quedar ahí viendo esas cochinadas!”.

Entramos a La Candelaria. El cambio es inmediato: afuera el bullicio, adentro la calma. Tatiana se persigna y pone cara muy seria. Las palabras del cura retumban en la cúpula. El ambiente de la iglesia me relaja. La iglesia de La Candelaria es la más vieja de Medellín. Tatiana mira a lado y lado, como si estuviera en otro mundo. Vemos a la Virgen de La Candelaria. Una virgen negra, como el niño Jesús churrusco que sostiene en los brazos.

A la salida aprovecho para preguntarle si se siente en pecado. No porque yo no le robo a nadie. Bajamos por Boyacá en dirección a San Benito. Pasamos por un lateral del Parque Berrío, almacenes Escape y Flamingo. Los vendedores gritan: manzanas a 500, cinco mandarinas por mil. Vamos muy despacio, bajando la calle y el almuerzo. Pasamos debajo del viaducto del Metro, por Bolívar. Nos detenemos y miro un jean. Vale veinte mil. Unos tenis por quince. Si recateo saco la pinta por veinticinco. Esta semana vengo, dio. El vendedor me mira decepcionado y Tatiana encoge los hombros.

Cuando pasamos al frente del Hotel Calle Real, Tatiana me hace señas. Entramos a la recepción iluminada como un consultorio médico. La recepcionista nos mira recelosa. La noche vale 41 mil, tiene agua caliente. La pieza donde trabaja Tatiana cuesta ocho mil. Mejor nos vamos pa’llá, le digo, y ella me aprieta la mano.

La esquina de Boyacá y Cundinamarca está ardiendo. Calor, gente, comercio, putas, buses, La Cascada, bares y residencias. Seguimos de largo. Ya me está dando pena con Tatiana, ponerla a caminar al son de nada. Lo que ella quiere es llevarme a la pieza y volver a cobrar. Es una profesional.

Boyacá es camaleónica. Antes chazas, iglesias, putas y almacenes de ropa, ahora muebles y electrodomésticos. Tatiana entendió hace rato de qué va esto, así que se antoja y me empuja a la Galería Villa Romana, donde venden salas, comedores, alcobas. “Somos fabricantes”, dice la entrada. Nos atiende Guillermo y nos muestra la alcoba Leydi: con colchón, muy bueno, antialérgico. ¿Te gusta?, pregunta Tatiana. Sí, me gusta. Ella sonríe con malicia, me coge de la mano y se recuesta en mi hombro. Tan lindos los nocheros, dice, para poner las llaves por la noche.

Siento nostalgia al recordar a Amanda. Estábamos a punto de casarnos. Viajaríamos por el Mediterráneo: Tánger, Málaga, Argel, Nápoles, Limasol y Beirut. Ella creando software educativo y yo escribiendo. Por un maldito desliz el plan se desplomó y ahora Amanda me odia. Tan linda Amanda. El que dijo “soñar no cuesta nada” era un pobre diablo.

El comedor isla con seis puestos y vidrio liso cuesta un millón setecientos. ¿Te gusta este, mi amor? La sala diamante “ORIGINAL” vale un millón cuatrocientos. Es decir, con cuatro millones y medio amoblamos la casa. Qué rico, dice emocionada Tatiana y vuelve a apretarme la mano. Guillermo está tan entusiasmado como ella. Yo estoy tieso como un tronco. ¿Y la nevera? No, digo yo. Sí, dice ella. Venga le muestro, dice Guillermo y nos arrastra al local vecino. Televisores, lavadoras, computadores, motos. Al fondo, las neveras. Tatiana me empuja a la Samsung RS 263, la más potente del pasillo. Es plateada y brillante con dos enormes puertas. De contado: cuatro millones de pesos. A crédito: 6,5 millones. Lo más cuca va a ser verla llena de chorizos, salchichas y mortadelas, dice Tatiana.

Después de la carrera Tenerife, Boyacá es un fresco pasaje peatonal con adoquines y sombras de árboles. Tatiana habla, habla y habla, pero mi atención está centrada en esta calle de tradición republicana: casas de dos pisos, fachadas amplias, puertas altas, ventanas grandes y tejados en arcilla. Boyacá tiene tres iglesias: La Candelaria, La Veracruz y San Benito. Recuerdo lo que leí en alguna parte: “En la casa número treinta nació don Manuel Atanasio Girardot. En esos tiempos en que el río Medellín era una insalvable barrera a las praderas del occidente. El río se crecía e inundaba este barrio”.

Ahora cae la tarde. Siempre me pregunté qué se sentiría caminar con una prostituta por la calle. En la tranquilidad de las sombras y la ausencia de carros pienso que no se siente nada especial. Es como ir caminando con una compañera de oficina. Quiero preguntarle cuánto se gana diariamente pero me reprimo, pues no quiero romper la promesa inicial. Entonces le pregunto cuál ha sido su experiencia más memorable. Esta, dice ella y me sonríe divina, esto con usted es lo más bonito que me ha pasado. Tatiana es una profesional. Me encanta.

En la acera hay varios chicos sentados, conversando y riendo. Tienen la cara rayada y maletas mugrosas en las rodillas. Hay otros chicos callados y otros alegando. Cuando veo el “colegio” Combos, entiendo por qué están regados por la calle. El Centro es el ojo del huracán de la ciudad. Crecer allí no es nada fácil. Y la entrada de la iglesia de San Benito me lo confirma. Hay varias carteleras con fotos de drogadictos: “Tú vales, vive sin droga ni alcohol”. Otra dice: “Mi parcero anda mal. A nadie escucha, se relaciona con personas que pueden hacerle daño, sus parceros consumen y a todo dice que sí. ¿Qué hacer? Línea amiga: 444 44 48. Programa Buen Vivir, Comisaría de familia”.

“La iglesia de San Benito es un palacio parroquial. Fresco, oscuro, viejo y solo. Tatiana se persigna. Hay un fuerte olor a incienso que me despierta los sentidos. Ahora escucho, veo, huelo distinto. La consciencia del momento. El espacio es una enorme caja de resonancia. Dos feligreses rezan frente a las veladoras. Nos sentamos en una banca larga y desolada. Ahora sí: ¿Qué se siente estar sentado al lado de una prostituta en la iglesia de San Benito? Nunca he sido religioso, no creo en curas ni oraciones ni ayunos. ¿Pero qué diablos tiene esta iglesia que me tiene conmovido? El olor a incienso, el silencio, la altura del techo, los ángeles de mármol que alzan candelabros apagados y miran hacia arriba, así no vean nada con sus ojos blancos, ciegos, y sus alas frías en la espalda.

Tatiana ora con los ojos cerrados. La rosa en el pelo, las manos cogidas, los hombros tostados. Las imágenes de su trabajo y lo que vendrá cuando nos despidamos. ¿Tendrá hijas? ¿Qué dirá de su trabajo? ¿Se habrá confesado alguna vez con un cura? Sigo su ejemplo y cierro los ojos. El silencio estalla en mi cabeza. El almuerzo, la caminada y el sol.

Me despierto sobresaltado. Los pasillos están solitarios, una señora enciende un velón, un cura franciscano camina por el púlpito. Tatiana se ha ido. Las bancas de madera están desoladas. Tengo frío. Me dan ganas de fumar. Las chicas como Tatiana tienen la extraordinaria facultad de pasar la hoja, de no empelicularse. Si no fuera así, sería terrible para ellas enfrentar el día a día. Es una profesional. Es mejor así.

 
 
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