IMPRESOS LOCALES

Prácticas de vuelo
Camilo Jaramillo
 
Prácticas de vuelo

 

Este libro está pensado como una colección de cuentos, pero su lectura es idéntica si se aborda como novela, cada cuento siendo un capítulo. Se trata de la historia de cuatro amigos de Abejorral, pueblo antioqueño que es todos los pueblos antioqueños: el parque, la Iglesia, el catolicismo y la godarria enquistados desde tiempos inmemoriales, por lo cual no es gratuito que el narrador, Olafo, nos lo describa como un lugar en el que no transcurre el tiempo. Cada historia es en sí auto-conclusiva, pero en el arco general vemos el tránsito de los personajes desde una infancia y adolescencia llena de sueños, hasta una adultez plagada de decepciones. Encontramos en el libro imágenes de gran valor poético, como los besos de la Monita enviados desde el balcón de su casa a través de bombitas de saliva, que nuestros jóvenes héroes reciben en las manos como si fueran el elixir más fino y escenas bastante cómicas como cuando en las fiestas del pueblo, los personajes tocan sus canciones de rock desafinado ante un público que espera música tropical. Ante ustedes una novela urbana que no ocurre en la ciudad, sino en el casco urbano de un pueblito atrapado en el tiempo.

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La profundidad del mar

La última vez que hablamos, Adrián me contó su primer recuerdo. No sé por qué nunca me lo había dicho, si acaso nunca se le ocurrió. Se sentó a mirar el cielo y me dijo: “Yo tenía cuatro años. Papá nos llevó a conocer el mar, en Cartagena. Tengo la sensación de un viaje muy largo, en tractomula, durmiendo sobre colchones. La sensación de despertarse y no saber dónde estás. Mirar afuera y solo ver luces amarillas que pasan rápidamente. Pero mi primer recuerdo nítido, como tal, es en la playa, bajo un sol tremendo. Estoy jugando en la arena con otro chico que acabo de conocer. Los dos tenemos pantaloneta de baño color rojo sangre y tratamos de hacer carreteras. Mi hermana me pregunta si quiero entrar al agua y le digo que no, que no me gusta esa agua porque arde en los ojos y sabe horrible, y porque las olas me estrujan, me dan miedo. Ella me ordena que no me mueva, que me quede jugando en la arena hasta que regresen. Me dice, sobre todo, que no me vaya a acercar a las rocas. Que ella y papá y mamá van a entrar al agua, hasta muy adentro. Que ni se me ocurra entrar, insiste. Que cuidadito con las rocas porque hay un hueco y los huecos tragan. Yo le digo que bueno, que no me pienso mover, que seguiré con mi nuevo amiguito. Ellos se van, se sumergen. En mi mente, de veras, no está la posibilidad entrar al agua. Para mí, las rocas están muy al fondo, al horizonte, allá hacia donde van papá y mamá y mi hermana. Lejos, mucho. Prefiero la arena dorada, jugar con el chico. Al chico no lo recuerdo. Quiero decir, no recuerdo su cara. Solo sé que tenía una pantaloneta de baño igual a la mía y que jugábamos sin que importara el tiempo. De repente, a la hora, digamos, me levanto y camino hacia el mar, no sé por qué. Un impulso, algo. Toco el agua y no me hundo. Camino y no me hundo. Luego me dirán que cuando papá y mamá y mi hermana miraban hacia la playa, veían a un niño de pantaloneta roja jugar en la arena y se sentían tranquilos. Pero no era yo. Yo daba un paso tras otro, como siguiendo una ruta. Invisible, yo, como si nadie me viera sumergirme en el agua. Aunque no me sumergía. Era como si el mar fuera plano, una extensión infinita de agua con no más de treinta centímetros de profundidad. Y yo caminaba en ella, camino, en esa extensión. Voy rumbo a las rocas, las veo al frente, pero no soy consciente de eso. Para mí las rocas están en otro lugar, muy allá, lejos. No son, pues, ese material sólido e inevitable que veo de frente y hacia el cual camino en una playa inundada de vacaciones en las que nadie me ve. De pronto doy un paso en falso y me hundo. Profundo, al vacío. Millones de burbujas salen del fondo de la tierra, hacia donde voy. Me hundo tanto que las puntas de mis dedos no alcanzan a coronar la superficie del agua. Envuelto en el mar, yo, las rocas rozándome. No nado, no sé. Pataleo y muevo las manos como un enloquecido, y más me hundo. Miro al cielo, eso sí. Lo recuerdo: miro al cielo y miro al sol mirándome. Miro arriba y hay dos personas que me miran, sentadas en las rocas, afuera. Dos. Me ven fundirme, perderme. Por alguna razón sé que uno de los que me miran es hombre y la otra es mujer. Los veo con la distorsión de quien está bajo el agua. Los veo, los veía, me ahogaba, y pensaba en Acuamán. Eso también lo recuerdo: yo pensaba en Acuamán. Entonces, uno de los dos que me miran abandona el cuadro. La que se queda es la chica, supongo. Y yo me hundo, me hundía, adiós. La última sensación es la de un brazo que me toma por el pecho. No recuerdo más. Ni el momento en que desperté ni cuando llegaron mis papás ni la gente alrededor. Lo que sé en adelante es porque me lo contaron con los años: que papá tuvo que sobornar a la policía para que no lo metieran a la cárcel, que de la furia nos devolvimos ahí mismo. Eso no lo recuerdo. Yo solo recuerdo hasta la sensación del abrazo, y solo eso: la sensación. Aunque dentro de mí, siempre, es como si otro yo se hubiera quedado chapaleando, frente a las rocas, hundiéndose cada vez más. Como si yo todavía siguiera ahí, bregando, bregando, y alguien, fuera del agua, me mirara”.

Prácticas de vuelo Ilustración Tobías