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Número 21 - Marzo de 2011 

Artículos

Ópera en el centro comercial
Miguel Rodrick. Ilustración por Lina Orozco

El bello canto llegó a la pantalla grande para quedarse. Las grandes compañías de Nueva York
y Londres, ante la falta de público en sus localidades, resolvieron transmitir en vivo y en directo
sus funciones a través de silvestres salas de cine en ciudades como Medellín,
de manera que ahora no hay que viajar mucho para dormirse en la ópera
  

Un sonido distante se agudiza y me arranca del sueño; segundos después corro en calzoncillos, el timbre del teléfono aparece y desaparece en un lugar diferente. Lo arrincono y contesto, es Laura: Miguel, faltando 10 para las 12 en el Santa Fe.

Es sábado, 11:15 AM. Paso dos Dolex con un litro de agua mientras recuerdo la frase de Hannah More: "Ir a la ópera, como emborracharse, es un pecado que arrastra su propio castigo". 11:40 AM, camino a pasos largos por la avenida del poblado lamentando el hecho de no haberme alcanzado a bañar, mientras una idea fija suena recurrentemente en mi cabeza "¿A quién se le ocurre ir a la ópera un sábado a las 12?", pregunta estúpida con respuesta obvia: a mí.

11:59 AM. Subo corriendo las escaleras del Centro Comercial en busca de las salas de cine; encuentro a Laura recostada junto a un cartel que muestra a Martin Lawrence disfrazado de abuela, como si no fuera evidente que es un hombre. Ella me entrega el programa de mano y me muestra las dos boletas que consiguió para entrar a una de las transmisiones en diferido del MET.

¿Ya entraron todos? - pregunto.
Nadie, supongo que son todos esos que están ahí parados - responde ella.
"Todos esos" son un puñado de no más de 30 personas emperifolladas, que se saludan porque tal vez se conozcan, pues llevan a sus hijos a la misma academia de Golf.
No sabía que había que venir elegante, yo venía pa cine - le digo.
Ellos vienen a la ópera- responde ella.
Y yo que ni me alcancé a bañar.

Entonces me acordé del crítico que comentaba en un artículo: "Las compañías de ópera, gracias a las transmisiones de sus montajes están logrando encontrar nuevas audiencias en todo el mundo" ¿Nuevas audiencias? Aquí, los que van a la sala de cine a ver ópera son las mismas personas que van a verla en vivo, la clase alta que tiene como costumbre asistir a este espectáculo, personas que creo, no disfrutan de la ópera en sí, sino de ser vistas por los otros asistentes al evento.

12:10. Al caminar por el corredor se escucha, al fondo, el afinar de una orquesta. El acomodador de la sala nos espera. Éste no lleva puesto el uniforme y la gorra de Cine Colombia que exhiben siempre en las salas adjuntas; él está vestido de forma elegante, y lleva a cada espectador hasta la fila donde queda la silla, emulando el trato de una sala de concierto. La orquesta termina de ensayar las primeras notas de la obertura, miro el programa de mano, el intermedio es a la 1:40. El sonido es bueno, la imagen nítida, me voy a dejar llevar, pienso, lenta; tan lentamente que el tiempo terminará por estirarse hasta la hora señalada.

INTERMEDIO.

Entro al baño, me lavo la cara y salgo de nuevo al lobby para realizar un pequeño estiramiento. Caminando observo cómo algunos espectadores compran unas botellas pequeñas de champaña que luego toman en copas de plástico, mientras brindan y dialogan con los demás asistentes.

Vuelvo a la sala, 1:50. Miro el programa de mano, en busca de la hora de inicio del segundo acto, ¡ a las…2:20 ¡ Laura está dormida, leo las tres páginas del programa… es la 1:57. Leo con atención los nombres de los cantantes, lo que resulta solo un poco más entretenido que leer el directorio telefónico, no sé nada de la ópera y por lo tanto ningún nombre de los que aparece me resulta familiar. Hago chasquidos con la lengua para que Laura se despierte, ¿Ya comenzó? pregunta ella, todavía faltan veinte le respondo. Se duerme otra vez. Y en la pantalla aparece un detrás de cámara que muestra cómo se montó el espectáculo, con toda su complicada y costosa logística. Entonces pasan a pedir una donación dizque para que este arte no se extinga.

 

Ilustración Lina Orozco
   
   
2: 20. Segundo acto. Trato de amañarme, pero acabo de descubrirlo: ¡El problema de la ópera es Ópera en el Centro Comercial que cantan demasiado! ¡No!, me voy a dejar llevar, me voy a dejar llevar… un sonido distante se agudiza…y me arranca del placentero sueño. Abro los ojos y observo en la pantalla lo que debe ser el peor plano detalle que se haya filmado nunca en cine: una boca monstruosa que ocupa casi toda la pantalla, el paladar se expande mientras la lengua y la campana vibran. Las tres y veinte. Han pasado ya tres horas. Miro a los lados: ¿Será que a estas damas endomingadas vendrán a ver Carmen en 3D? (uno de los próximos montaje de la Royal Opera House) No creo, las gafas que se necesitan no combinan bien con un atuendo tan refinado.

4:10, se prende la luz general. El acomodador se dirige raudo hacia un anciano que trata de bajar las escaleras, le pregunta: "¿cómo le ha parecido?" El otro, en medio de este aprieto senil, no responde. Escucho a una dama que comentan a otra: En Caracol dijeron que la obra era lenta y tediosa, pero a mí me ha gustado mucho. Pero unos pasos más adelante la misma señora le dice a otra: Qué cosa tan lenta y tan tediosa.

-El promedio de edad de la sala debe ser de 55 años. Le comento a Laura.
-Yo creo que supera los 60. Responde ella.

Esto explica por qué la ópera se vio en la obligación de aliarse con el cine, que desde un principio fue su enemigo, un plan de contingencia. Las compañías de ópera saben que tienen la obligación de formar un público nuevo, un público joven, uno que aunque no pertenezca a la clase social alta se sienta también invitado al evento y, sobre todo, que tenga la posibilidad de asistir a la ópera por varias décadas más.

A las compañías de ópera les deseo suerte con esa vaina; pero si en la ópera un hombre, luego de encontrar a su mujer con otro, expresa su dolor cantando, el cine seguirá haciendo de las suyas y menos mal.