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Número 23 - Mayo de 2011   

Artículos
Caucheros
Pascual Gaviria. Fotografías Víctor Muñoz
 
Fotografía Víctor muñoz
 

Los magnates del caucho prendían sus habanos
con billetes de cien dólares y aplacaban la sed
de sus caballos con champaña helado en cubetas
de plata. Sus esposas, que desdeñaban las aguas
fangosas del Amazonas, enviaban la ropa sucia
a Portugal para que la lavaran allá

     Wade Davis

Los dos talleres caucheros están en los bajos de lo que Moravia siempre ha conocido como El Morro; la famosa montaña de basura que la ciudad alimentó durante décadas para acompañar a su jardín de orquídeas. Uno podría decir que Leonardo y Heriberto, los jefes de las dos cuevas, se dedican al reciclaje. Pero en realidad lo suyo no es recoger los restos, encostalar y pasar por la báscula: los señores se ocupan de grandes desechos. Hasta la boca de sus talleres llegan los cascos desgastados que dejan las volquetas del Cerrejón, cementos El Cairo y otras canteras. "Vea estas bellezas", me dice Heriberto señalando su bodega cargada de llantas picadas. Además, no caminan en busca de ese bagazo descomunal: lo regatean con camioneros costeños. Descartado el reciclaje, el oficio de los llanteros me recuerda a los desguazadores de ballenas con su delantal negro y el filo de tres cuchillos brillando en el cinto. Las palabras de Heriberto al pie de ese arrume de "cueros" negros confirman mi imaginación: "Eso llegó esta mañana, le dimos buen machete dos horas… De lo que se perdió". Las llantas les llegan a medio picar, cada espécimen tiene una tonelada y media de materia prima y puede valer hasta 500 mil pesos.

Pero los caucheros y sus aprendices de overol tampoco son simples matarifes y cortadores. Su oficio consiste en convertir las llantas despedazadas en piezas únicas para motores desahuciados, choferes desesperados y carcasas inservibles. Aunque el diploma de la Alcaldía de Medellín los certifica en "el manejo integral de residuos sólidos" y la grasa es su carta de presentación, los talleres son en realidad centros artesanales, los más especializados y utilitarios que se pueda imaginar. Cada uno tiene más de mil referencias de arandelas, soportes, empaques, tapones, bujes, topes, remiendos.... Pero las máquinas viejas tienen sus caprichos y las piezas de segunda, para encajar, necesitan siempre un retoque, dos dedos de grasa y tres martillazos. Para eso están los tornos hechizos, la macabra colección de cuchillos marchitos y filosos, la tenaza del hombresolo, la amenaza del taladro y la mano delicada del mecánico. Leonardo y sus dos aprendices saben muy bien de qué se trata su trabajo: "Aquí la idea es desvarar al cliente". Muchos de los que llegan al taller estiran la mano con un pedazo de plástico mascado y una súplica. Se copia el modelo y se incluye en el catálogo. También son copistas, piratas, imitadores. Según ellos, sus réplicas aguantan el triple del trajín y valen la tercera parte. Las artesanías mas exigentes, flores de ocho pétalos para el arranque de no sabe qué tiesto, están exhibidas en el tablero de rarezas. En los mostradores del fondo, escondido, hay un salmón negro hecho en los tiempos de las vacas flacas.

Fotografía Víctor muñoz

 

Recicladores, tasajeros, mecánicos, copistas, artesanos, desvaradores… y todavía falta. Los talleres de Heriberto, que heredó el oficio de un hermano, y de Leonardo, que aprendió a rayar llantas en Ibagué, parecen la covacha del inventor. Un inventor maligno: el torno es una máquina de torturas, tienen al frente un pequeño filo que se come las llantas con un gusto que asusta. Heriberto, que dirige la inventoría más grande, me confirma sus mañas: "Uno aquí necesita una herramienta y no sale corriendo pa' la ferretería."

Dos inventores extraños, encargados no de construir novedades sino de sostener mecanismos vetustos. Sus tapones a medida hacen flotar a todo tipo de caparazones. "Chevette 80", dice una de las latas que clasifican el inventario. Los mecánicos de calle son los únicos que podrían diagnosticar a un Chevette 80: "Cuando el cacharro comienza a cajoniar, se le pone esta cosita y ya aguanta, queda ajustadito…"

El par de inventores no alardean, no logran entender que alguien les pregunte por el trabajo simple de tallar las llantas de las grandes volquetas lunares. Solo al final me encuentro con el único afiche de sus talleres: no hay chicas Pilsen, ni el equipo de Choronta o Pezzuti; sólo un cartel agradecido con ese fantasma blanco: Michelin. UC

     
Fotografía Víctor muñoz

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