Síguenos:




Número 15 - Agosto de 2010   

Artículos
Los animales y el hombre y veceversa
Sergio Valencia R.
 
Sergio Valencia - Los animales y el hombre, y viceversa
 

Inquieto por el debate entre los taurinos y sus antípodas, un cronista antiséptico decide mirar a los dos desde la barrera. La faena le sale de ovación. De paso, hace un inventario de canalladas de feria, menos divulgadas que la mentada riña y en las que chupan por igual humanos y animales.

Sí que nos han puesto a pensar con eso de prohibir las corridas, pues aunque se trata de una vieja y larga faena entre taurinos y antiídem ahora entró al ruedo la Corte Constitucional a decidir de una buena vez si se va o se queda el toreo y cuál de los dos bandos dice olé (o mejor ole, como se oye por aquí). Particularmente no me gustan las corridas de toros, no les encuentro la gracia, aunque la tengan. Mucho me temo que lo que he logrado observar de la tauromaquia estropea mi juicio, pues sólo he tenido a ojo la fiesta brava de Medellín en la que abundan traquetos y aspirantes a esa categoría, en convite de camionetas azarosas, oro de verdad y viejotas, ansiosos no por ver al mataor sino por irse pronto a una discoteca de lujo a rematar (se entiende que rematar la corrida, no quiero ser malpensado). Debe acudir también elegancia estrato 6 a La Macarena, por supuesto, pero a los que solamente miramos nos la tapa la ordinariez que se encarama en botas de culebra y tacones puntudos.

Pero trataré de ponerlos a pensar más y empiezo por decir que además del toreo, no me gustan los toros en sí. Me dan pánico, tanto como los perros rottweiler, a los que detesto incluso. Así como me dan asco las cucarachas, que aplasto con agilidad mecá- nica al igual que a los insoportables zancudos (claro, los estripo de una, sin someterlos a banderillas ni nada de eso); a las chuchas les manifiesto un lejano y comprensivo afecto, por cumplir, y a los gallinazos simplemente los respeto, un quihubo-quihubo caballeroso con ellos y cada quien a su carroña. Tampoco me caen bien los piojos, aunque sea por razones infantiles, y a las pulgas las veo chiquiticas. Por otra parte, creo odiar a las mapanás por venenosas, pero qué tanto sólo lo sabré cuando me encuentre con una y me pele sus colmillos y se me tire encima; confío en que antes de que me muerda seré capaz de rogarle misericordia admitiendo que los venenosos eran mis prejuicios, a no ser que tenga un machete a mano.

Confieso, en fin, que me gustaría que algunos animales no existieran, pero me contengo, algo me dice que debo tolerarlos y que es mejor hacerlo; escojo transar por las buenas con la naturaleza pero cargo con los complicados dilemas que eso conlleva, y por eso trato de no imponerle mi comportamiento a otros. Además algunos abogados de animales, con su radicalismo, me atemorizan; nunca quisiera enfrentarme a un defensor de ofidio.

Así las cosas, siguiendo con la rumiadera y por equivocado que esté, no me convence el argumento de que debe protegerse la vida de los toros a cualquier costo, sobre todo si ese costo es nada más y nada menos que prohibir, pues, como se ha comprobado bastante, hay remedios peores que la enfermedad. Muchas personas piensan legítimamente que la tauromaquia es un arte, y no por bobas ni por cavernícolas, y a ellas tendrán que derrotarlas en el campo de la cultura, construyendo una contracultura y no una anti, trabajando fuerte, sin irse por el atajo de la prohibición, ya que por ese camino de "yo sé qué es bueno—usted no sabe—entonces venga lo corrijo" al poco tiempo se llega a la cuerda floja de donde la mayoría tumba lo que le parece mal hecho, sea la costumbre costeña de echar tortugas vivas a ollas de agua hirviendo, sea cultivar yerbas para hacer brujería, sea no creer en dios alguno, o sea consumir drogas. 

 

Casi estoy seguro de que, como buenos naturistas, a muchos antitaurinos les gusta la bareta y no están de acuerdo conque se prohíba su dosis mínima. 

Lo de la defensa de los animales es más complejo que emperrarse en perseguir infractores. Los cambios Sergio Valencia R. culturales son enredados y enredan. En nuestra recién pasada Feria de Flores, por ejemplo, 20 ciudadanos aprovecharon la concurrida caminata de mascotas para dejar abandonadas las suyas, y en otro desfile un caballo, quizá agorafóbico o hastiado de la vida, perdió los estribos, saltó al río y se ahogó. En otro, se vio a un marranito de 6 semanas pasear disfrazado de Rosario Tijeras, y naturalistas y moralistas no dijeron ni mu. De seguir en malos pasos, ese pobre lechón no llega vivo al 31.

Y Manzanero, un soberbio caballo campeón que vale millones y millones, fue raptado, y hoy estará en una pesebrera maloliente, sin paladear su concentrado preferido, sin quien le desenrede la crin y le haga trenzas, y sin que su veterinario le saque la cera de las orejas. Pobre animal, sufriendo cual desplazado. A la vez, y según los expertos, nunca sabremos cuántos pájaros huyeron asustados por las explosiones de los juegos pirotécnicos y se estrellaron con la noche, atortolados.

Eso pasó en la Feria y a nadie se le ocurriría un arduo trámite constitucional para prohibir cabalgatas, desfiles de mascotas o pirotecnia zoocida. Seguramente propondrían cambios paulatinos y consensuados, pues cuando la mayoría es la ignorante hay que educarla, pero en tratándose de una minoría hay que hacerle tragar sus costumbres, como es costumbre.

Aún más, si lo de la relación de hombres con animales es una maraña, al grado de que hay perros y gatos tratados como gente, qué decir de la gente que trata a los demás como bestias. Porque hay personas que creen que las sirvientas deben sobrevivir con menos del salario mínimo y a quienes no contratan negros y las hay que ponen minas quiebrapatas y hay quien las vende y a quienes asesinan a muchachos para vestirlos de guerrilleros y granjearse un descanso y un dinero, y hay quien se los pague. Y todo eso está prohibido y dejamos que siga sucediendo. Anticipándome a que no hay que revolver peras con manzanas podridas, explicito: Para vivir bien algún día en Colombia, incluyendo todos los animales, tendríamos que cambiar hasta el tuétano, revolcar nuestra cultura hasta la fosa común de tradiciones e injusticias; ser superiores a las terribles circunstancias, ser más inteligentes o creativos o lo que sea, antes que chuparnos el bombón de la prohibición, que es dulce como la venganza pero dañino en las tripas.

De acuerdo, las corridas son de lo más cruel, pero desde otro punto de vista, también muy humano, las prohibiciones son salvajes.

 
Universo Centro