Número 106, abril 2019

No existe la menor cuantía para el recién asaltado. Mucho menos cuando los ladrones se llevan una colección de palabras ordenadas y listas para ser tinta sobre papel. Esta es la historia del hurto de la edición conmemorativa del Almanaque Humorístico Frisol y otros trebejos. Prepárense para la alegre historia de un robo mayor de palabras menores.
 

 

Cuando te quiebran un ala
Julio Martín Sánchez Herrera
 

Almanaque humorístico Frisol

El Almanaque Frisol tiene tropiezos para su publicación anual, pero ya no vale la pena ni mencionarlo. Para este 2019 está proyectada una publicación conmemorativa con los mejores cuentos que han salido — también algunos inéditos— en estos diez años de ediciones “discontinuas”. Discontinuas porque en 2012 no salió por el anunciado fin del mundo de ese entonces y esa platica se iba a perder. Luego nos dimos cuenta de que el 22 de diciembre de ese año era el Día de los Inocentes en el calendario maya, así que ni yo me he muerto ni el mundo se ha acabado. En 2013 tampoco salió por una calamidad doméstica. Y el de 2019 está en veremos. Aquí les voy a contar por qué.

Corría el domingo 23 de diciembre de 2018 y ansioso viajaba de Yolombó a Ciudad Simón a pegarle los últimos ajustes a la publicación de aniversario. Estaba terminando el año pero no importaba, mi idea era salir el primero de enero con el Almanaque Frisol 2019. Yo no hago prácticamente nada pero manejo una agenda muy apretada y me pareció que esa era una buena fecha.

Ese día llegué a eso de las siete de la noche a mi casa, que queda como a cinco minutos del pueblo y muchas veces permanece sola. Abrí la puerta, llegué al escritorio y vi que no estaba el pequeño portátil que me había prestado mi hermano Ovi para escribir el Frisol. No estaba tampoco seguro de haberlo guardado debajo de la cama, como acostumbro algunas veces, pero de todas maneras miré. Me di cuenta de que no solo no estaba el portátil de Ovi, sino que tampoco estaba el otro que se me había dañado.
—¡Eh!, ¿pero qué pasa aquí? —me dije.
Miré donde tenía un minicomponente empacado en su caja y tampoco había rastros. Luego miré hacia el patio con rejas y noté el palo de escoba con el que habían jalado el picaporte de la puerta de atrás, que estaba sin seguro.
—Me robaron, ¡di papaya hijueputa!
Caminé por los cuartos de la casa y fue como si hubieran hecho un pequeño allanamiento en los cajones. Se llevaron ropa sucia, unos pantalones que tenían un cheque y hasta unos calzoncillos. Mi cerebro comenzó a sumar la cuantía del robo y ahí caí en cuenta de que todos los archivos, todo lo que había hecho y guardado del Almanaque Frisol 2019 se lo habían llevado. Me sentí impotente, sin ganas de seguir. Empecé a respirar profundo, a aceptar la realidad con resignación. ¡Solo eso le faltaba al Frisol!
—Será cerrar ya este ciclo de mi vida —me dije, y salí hacia la estación de policía a poner el denuncio.

Regresé a la casa con dos detectives de la Sijín, que eran como el yin y el yang: uno muy mono y muy blanco, y el otro muy negro y churrusco. Se tomaron una gaseosita con pandequesos y sacaron una libreta para que yo les diera la lista de los objetos robados, junto con los recibos de compra.
—¿Los recibos de compra? ¡¿De esos equipos tan viejos?!
—Entonces bregue a acordarse y saque una lista de todo lo que le robaron para que vaya a poner el denuncio mañana —dijo Yin.
—Agentes, entre las cosas que me robaron hay una chaqueta azul oscura con una banda blanca en la parte de abajo y una capucha que dice Adidas. Con este frío tan berraco que está haciendo ya deben estar andando con ella, esa puede ser la pista más fehaciente. Anoten mi celular y me las cantan.
Así también se les habla a los agentes de la ley.

Cuando se fueron, sentí que me iba a dar una chiripiorca, entonces me abrigué bien —¡qué hijuemadre frío estaba haciendo esa noche!— y salí a dar una vuelta al pueblo, a mirar quién tenía por ahí mi chaqueta.
En el puente del Chorrillo entré por la carretera al edificio de vivienda social, estigmatizado y conocido como La Comuna 13. Dos sujetos me abordaron y me hicieron comprar a la brava un paquete de “yerbabuena”.
—Lleve cucho, de la buena.
Me figuró comprar. Entonces como para romper el hielo, de la noche y de la encerrona, les dije:
—¿Saben qué, muchachos?, por allí arriba me hicieron un daño, me robaron unos portátiles, un minicomponente y una chaqueta azul oscura con una banda blanca en la parte de abajo y una capucha que dice Adidas. Con este frío tan berraco que está haciendo ya deben estar andando con ella, esa puede ser la pista indiscutible. Anoten mi celular y me las cantan.
—De una, cucho, es que hay mucho pelao ratica por ahí suelto, nosotros somos negociantes —me respondieron—. Pa las que sea cucho y si hay que levantarlos también…
—Nooo —interrumpí—, tampoco hasta allá. Si lo ven, solamente me llaman.
Y salí a recorrer el bajo mundo de Ciudad Simón. Llegué donde los rapimoteros a dejar la misma información.
—Y si ven al de la chaqueta azul me las cantan.
—Hágale profe que de una.

En el bar Las Fufurufas entré a tomarme una Costeñita. La sensación fastidiosa del piso pegajoso en mis pies, lleno de saliva y regueros de cerveza, casi me hace devolver, pero me pudo el escote más atractivo y vendedor de cervezas en el pueblo. Una barra de borrachos alrededor mirando un hermoso surco intermamario, todo un ritual de las tetas. A ellos les eché la misma carreta:
—La mejor clave para identificarlos es una chaqueta azul, con una banda blanca en la parte de abajo, así y asá...
Recorrí varios bares en diferentes sectores y el de la chaqueta azul por ninguna parte. Se fue la noche con unos amigos que me sirvieron de apoyo y consuelo hasta que volví a mi casa, a eso de las dos de la mañana.
Cuando a las tres y media sonó mi celular, ¡riiing! Y una voz chirretiada me habló al otro lado del teléfono:
—¡Ey profe!, ya le tenemos la vuelta. Caiga a las seis de la mañana al puente del Chorrillo que le van a entregar sus cositas, pero no vaya a llamar a la policía.
Y colgó.
Esas son de las noticias buenas, para las que lo pueden llamar a uno a la hora que sea.
Me levanté a las ocho.
—¡Ay juemadre!, me lo perdí, qué guevonada.
Me bañé, me organicé y volví a tomar la ruta de la noche anterior. Bajé por el puente del Chorrillo, subí por el edificio de La Comuna 13, cuando desde un callejón me llamaron:
—¡Profe!, ¡profe! —eran los dos yerbateros—, venga cucho que ya le tenemos la vuelta. La cosa es la siguiente, usted y yo nos vamos pal puente del Chorrillo a esperar —me dijo el Gato— y el Pegón va donde los pelaos pa que le entreguen sus cosas.
Salí del puente con el Gato, y el Pegón cogió para el edificio. Andaban levantados y amanecidos con chorro y esa otra bobada que se echan por la nariz y lo que les quedó de la yerbabuena. Estaban pero bien “asados”, y en el puente, el Gato y yo escuchábamos lo alzado que estaba el Pegón.
—Este guevón me va a calentar la vuelta —decía el Gato, y fue tanto que terminó por caernos y cercanos la policía con una patrulla, dos motos y ocho efectivos.
—¿Qué es lo que está pasando acá? ¡Una requisa! ¡Documentos! —me dijo un policía—. ¡Voltéese y me da la espalda para una requisa! ¿Qué lleva atrás?
Atrás llevaba el celular y la bolsa de yerbabuena que les había comprado a los informantes la noche anterior. ¡Ya ni me acordaba de que estaba ahí! Lo que me salvó fue que el paquetico estaba detrás del celular y que le puse cara de buena gente al policía.
Y dice el Gato:
—No señor agente, lo que pasa es que al profe le hicieron un daño allá arriba donde él vive. Le robaron unos computadores y nosotros ya sabemos que los tienen allá en ese edificio, en el cuarto piso. ¿Sabe qué profe? —me miró el Gato— entiéndase con ellos que yo me voy.
—Espérese a ver un momento, no se me vaya —dijo el comandante—, vamos allá donde le tienen las cosas al señor. Salimos en tremenda procesión, con el público del vecindario asomado por las puertas y las ventanas. Subimos el edificio gris y monofónico, bloques de cemento ensolvados, voces casi penitenciarias de los inquilinos en celdas que simulan ser un hogar. Señoras recién levantadas y con el “buche” mojado de lavar trastes. Niños sin bañar. Llegamos hasta el cuarto piso donde vivía una familia numerosa, en un apartamentico lleno de cosas regadas por el piso y por todas partes un reblujero miedoso.
—Bien pueda busque sus cosas —me dijo una señora.
¡¿Y quién por Dios?! Los muchachos me ayudaron a buscar y a empacar en unas talegas de fibras.
—Ombe muchachos, nos dimos cuenta por las cámaras — les decía mientras empacábamos para despistar a los agentes—. Agradezcan que yo no estaba allá porque les hubiera armado el polvero más miedoso, devuélvanme las cosas que yo no les voy a poner ninguna denuncia y manéjense bien pa que los dejen pa lo último.
Me devolvieron más cosas de las que yo me acordaba, y hasta me encimaron otras…
—Nooo... ¡esos calzoncillos no son míos!
Me llevaron hasta la casa. Tres estopadas, cuatro policías y una patrulla pa llevar lo hurtado.
—Revise bien qué le falta —dijo uno de los agentes.
—Todo está bien señor agente. Y se marcharon.

Más tarde salí a buscar a una señora para que me ayudara con el aseo porque esa noche llegaría mi familia a pasar la Navidad. Ya habían pasado casi cuatro horas del suceso cuando me sonó el celular, ¡riiing!
—¡Profe! Pa que venga y hable por nosotros que estamos encanados en la estación de policía —me llamaron los informantes.
Salí del comando escoltado por tremendas lumbreras.
—¡Ey, profe!... ¿Sí nos va a dar la liga? Mire que allá quedé rayado en el comando y se me va a calentar la venta de la bareta, mire que no tenemos ni pa los pasajes.
Les di veinte mil que tenía. Me salió barata la vuelta.
—Todo bien profe, nos queda debiendo el aguinaldo.

Mercancía de incalculable valor se recuperó del audaz robo: cuatro individualizaciones (dos de los culpables del robo y dos de los informantes), una visita al comando a meter las manos en el fuego por los yerbateros, y muchos de los archivos ya borrados del computador, entre ellos el del Almanaque Frisol 2019.
Ese fue el balance de la jornada.

Epílogo
Hace días que volví al bar Las Fufurufas para hacer el ritual de las tetas, pero la chica ya no estaba y en su lugar había un muchacho que al pedirle la segunda Costeñita me comentó:
—¿Sabe qué?, por ahí andan buscando a alguien así, con esa misma chaqueta azul, con una banda abajo blanca y las letras de Adidas en la capucha por un robo que le hicieron a un man.
Por mi seguridad, me abrí del parche. UC