Número 110, septiembre 2019

Primer recuerdo

Natalia Maya. Ilustración: Puño

 

“El primer recuerdo de mi vida es de cuando tenía once meses. Sí…, once meses. El de la falla es usted entonces, si el suyo apenas fue a los cuatro años”, le contesté esa vez a Pablo cuando me interrumpió. Alegaba que era imposible guardar un recuerdo de una edad tan temprana. Estaba parada de espaldas al tablero y leía el ejercicio que nos había puesto el nuevo profesor. “Pablo, hágame el favor de guardar silencio. Continúe, niña”, me dijo el profe, así que proseguí:

Alguien encendió la luz de la habitación en la que yo estaba. Era una luz que venía de arriba, como del techo. Cuando sentí ese brillo directo en la cara se me encandilaron los ojos. Estaba dormida. Enseguida escuché una discusión entre dos mujeres. Una de ellas se acercó hasta donde yo estaba, que me parece era una cuna, por la manera como tuvo que agacharse para levantarme.

La luz la encendió mi madre. Eran como las once de la noche. Su amiga, que en ese entonces vivía con nosotras, se levantó de un tirón de su cama: “Ángela, por favor, no me despertés a la niña, ve que casi no la duermo, ya está cambiadita, mañana la saludás, ¿sí?”. Nada qué hacer. Mi mamá me sacó de la cuna, empecé a llorar y también me hice pipí desde el instante mismo en que me levantó en sus brazos. Esa historia me la contó su amiga pocos días después de que la recluyeran en el hospital, de esa manera fue como corroboré que era cierto ese vago recuerdo que estuvo por años en mi inconsciente.

No guardo en la memoria el olor de mi madre esa noche, supe tiempo después que era a licor. Por esa época ella le daba duro a la bebida. Seguramente aquella vez regresaba cansada de desmentir rumores y dar la pelea a mi padre con esos abogados: llegaba transida de dolor, de ese dolor que cruza de costado a costado, y se enmarca en la traición y la falta de compasión por la dignidad del otro. De ese tamaño fue la herida que mi papá le propinó a mi mamá. Esa noche, como otras tantas, me llevaba a su cama y yo lloraba hasta que las dos nos quedábamos dormidas. Casi todas las veces, ella también lloraba.

El profesor nuevo de Religión, que llegó a sustituir al que echaron en marzo por pasarse de manilargo con las alumnas, nos puso ese ejercicio de escritura para la primera clase. Y fue así, a rajatabla, dos minutos después de presentarse.

No tengo claros los recuerdos de los otros compañeros, pero sí me acuerdo de la reacción de Capeto, que se paró de la silla, miró al profesor nuevo a los ojos, le dijo que a él no le daba la gana de acordarse de ningún recuerdo y salió del salón, con su caminar pausado y sin tirar la puerta.

En 1986 ya me habían echado de tres colegios. De todos por disciplina. Ese año había ido a parar al Gimnasio Tagore, el más laxo de los colegios de Medellín en esa época, y, por supuesto, el primero en la lista de los necios, como yo. Allí confluíamos tanto los que veníamos de colegios privados como los que venían de los oficiales. Dos clases sociales que habitaban en polos opuestos de la ciudad se reunían en aquel espacio sin que se percibiera una gran diferencia. O tal vez una muy sutil, y era que cuando algunos de los compañeros se escapaban de clase por las mañanas, iban a relajarse en la piscina de algún club o en las de sus casas. Los otros, cuando lo hacían, era casi siempre para hacer una “vuelta”. En un momento de la historia, ambos se volarían para hacer las mismas cosas.

Lo de las vueltas empezaba temprano en la mañana, cuando se hacía esa exhibición de motos, que se venían picando desde la cuadra de arriba, mientras los demás observábamos sentados en los escalones de la puerta del colegio. Otras vueltas conocidas, y esas más legendarias, pasaban cuando alias Tomate llegaba al colegio perseguido por la policía y entraba a clase con los tombos pisándole los talones. Los agentes se tenían que quedar en la puerta del colegio y no se iban hasta después de las diez de la mañana, cansados de esperar que el Tomate intentara volarse. Tiempo después, pero mucho tiempo después, advirtieron que todo el primer trimestre se les había volado por el alambrado de atrás, que lindaba con el edificio Mónaco de Pablo Escobar. Para ese entonces habitado por su familia y en todo su esplendor.

No me acuerdo de alias Tomate no sé si en los dos años que estudié allí todavía estaba, tampoco tengo compañeros que me lo corroboren, todos están muertos o se perdieron por la vida, digo. Por ejemplo, el que me contó esa historia del Tomate, ya está muerto. De lo que sí me acuerdo, porque de alguna manera me marcó, es lo que pasó ese año con el profesor de Religión. Atrás conté que al otro profesor lo echaron como en marzo, en mayo contrataron al nuevo para que pusiera las notas y avanzáramos con los contenidos de la materia. Al menos eso fue lo que dijo Álvaro, el director del colegio, cuando lo presentó.

Éramos once en el salón: nueve hombres y dos mujeres. Lorena y yo. Ella venía de Envigado, iba muy poco a clase, aunque asistía con regularidad al colegio. Una vez recuerdo que regresó muy bronceada. Según nos contó, había estado en San Andrés con unos amigos. Todos los días de esa semana estrenó tenis Reebok, cada día un color diferente: rojos, azules, amarillos, blancos y rosados, que iban a juego con la mochila del mismo color. Aunque dichas combinaciones no le cuadraban con el uniforme del colegio, poco le importaba, se sentía dichosa por haber conocido el mar y por la cantidad de regalos que le habían dado en ese paseo. Lo que no se supo fue si llegó enamorada, nunca lo mencionó. Esa vez faltó como dos semanas a clase, les trajo de a paquete de Snickers a cada uno de los profesores. La última vez que la vi fue como a mitad de año, no volvió al colegio. Hubo quienes comentaron que estaba embarazada, otros que se había ido para la USA cargada. Muchos años después, alguien que la conocía de Envigado me contó que la habían matado. Dejó una niña como de seis años.

Lorena ya no estaba cuando llegó el profesor nuevo. Era yo sola con nueve compañeros. No pasó nada extraordinario en esos dos meses que no hubo clase de Religión, algunos nos quedábamos en el salón, otros se escapaban y no volvían hasta el otro día. De pronto una vez sí pasó algo, aunque tengo el recuerdo brumoso. En esos espacios de tiempo vacíos, sin profesor y sin clase, una vez vi a Capeto aspirar cocaína sobre el pupitre, hacía cada línea con el carné del colegio y luego las esnifaba sin aspavientos ni premura. Estábamos en sexto, en ese entonces yo tendría unos trece años, y él como diecisiete. Para la clase siguiente, que era Sociales y que dictaba una profesora Silvia, a la que le decían Chimbia —nunca supe si porque jodía mucho o porque estaba muy chimba—, Capeto se dedicó a flirtearla y a hacerle cumplidos, que a ella no parecían disgustarle, estaba como nunca de atento y parlanchín. Esa vez fui testigo de que le pusieron cinco porque sí. Aunque a él casi todos los profesores le ponían buenas notas porque sí.

Aparte del ejercicio del recuerdo, las clases con el profesor de Religión quedaban un poco como en el aire. A veces llegaba al salón y nos pedía que abriéramos la Biblia en el Evangelio de san Juan, capítulo 8, versículos 1-11, por ejemplo. Media hora después se aparecía con una Coca-Cola en una mano y un cigarrillo en la otra, “¿Qué dice, pues, el Evangelio de san Lucas?”, nos preguntaba. Otras veces nos decía que leyéramos el Evangelio que quisiéramos y que luego vendría a preguntar. Nunca volvía.

“Cuánto, cuánto pide”, escuché que le dijo Pablo al Topo. El profesor de Religión había salido del salón y estaba parado en las escaleritas que conducían al sótano. Uno a uno, por lista, nos hacía llamar.

“Hey, préstame cinco lucas que mañana te las pago”, “Cape, a mí también, mañana arreglamos”, le decían algunos de mis compañeros a Capeto, que como ellos mismos decían, “Era el más ganado del salón y del colegio”. Y sí que lo era, porque los profesores lo respetaban, tal vez ya nunca sepa cuál era su alias, ni qué fue de su vida, si es que todavía vive. Conmigo siempre fue cariñoso, alguna vez que me lo encontré en una Feria de las Flores en la Setenta, dejó a todos los amigos con los que tiraba voladores y emborrachaba un caballo con aguardiente, y se acercó para saludarme.

Ilustración: Laura Mejía-Posada

“Miamor, venga yo le doy pa que ligue a ese man y ganemos el año los dos”, me dijo Capeto esa mañana en el colegio. Y era que hasta ese momento todavía no captaba lo que estaba pasando. Cuando por fin lo entendí, el profe ya iba en la L, seguía yo. Bajé las escalas del sótano con susto, todavía no podía creer que fuera a ser testigo de semejante acto. Cuando me le acerqué al profe, agachó un poco la cabeza, bajó el tono de la voz y me preguntó, como a los otros, que con cuánto le iba a colaborar. Le alcancé a percibir cierto tufo a alcohol y cigarrillo. Tenía los labios muy delgados, una nariz aguileña de cuyas aletas se asomaban unas venitas azules diminutas que formaban ramificaciones y unos ojos tan pequeños, que no parecía que tuvieran más de diez milímetros de diámetro. El cabello negro lacio le caía en una especie de capul sobre la frente. Me quedé mirándolo, no miento cuando digo que su rostro pareció sonrojarse. Recuerdo que no me sentí indignada, eso sería después, porque en ese momento me pareció estar frente al hombre más miserable del mundo. “No tengo plata”. “Muy bien, puede irse”, me respondió, y pude ver que anotaba algo en la planilla.

Perdí Religión. Debía quedarme para habilitar con otro profesor, porque al corrupto también lo echaron. Fui la única del salón que se quedó para habilitar esa materia. Nunca pensé en denunciarlo, no sé si alguien lo hizo. Entre los compañeros acordamos no hacerlo, porque si lo delatábamos, todos tendríamos que habilitar la materia, y a algunos hasta les daba perdido el año. Desde esa época tuve claro que podría llegar a ser cualquier cosa en la vida: sería bandida, puta, borracha y desalmada, maleva y mentirosa…, pero nunca vendida, sapa, ni lagarta. Los directivos no mencionaron el tema del profesor de Religión, se rumoró que lo echaron por borracho.

No fui el día de la habilitación. Si tuviera que dar una excusa razonable para explicar mi ausencia, no la tendría. O tal vez sea que no quiero recordarlo. Esa noche volví a la casa tarde: le temía al regaño. Cuando llegué mi mamá ya lo sabía, la llamaron del colegio para informarle que no me presenté a la habilitación, que me darían otra oportunidad y no me iban a echar, pero que tendría que repetir el año.

Las luces de la casa estaban apagadas. Con cautela entré a su habitación. Me acerqué a su cama, me quité los zapatos y busqué resguardo a su lado. Ella no dio indicios de estar despierta. A pesar de eso, me le acerqué al oído y le susurré: “Mami… perdí el año”. Pasaron tal vez diez minutos antes de que diera media vuelta y con la mirada perdida en el techo, me contestara: “Qué se va a hacer, hija”. Las dos nos quedamos un rato largo en silencio. Antes de caer dormida, pasé mi brazo alrededor suyo. Para ese momento de nuestras vidas, ya ninguna de las dos lloraba. UC

*Este texto hace parte del libro Los otros siempre tienen la razón,
Rey Naranjo Editores, 2019.

Universo Centro N°110

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