Número 105, marzo 2019

Adelfa y las leyes de la termodinámica
Adelaida Vengoechea. Ilustración: Matilde Salinas
 

Ilustración: Matilde Salinas

Comprender el comportamiento de los millones de elementos que conforman todos los sistemas de este mundo siempre será una tarea titánica. A mí me tomó la medio bobadita de 42 años, un viaje a la porra y tres kilos de más entender de qué es lo que tratan las famosas leyes de la termodinámica, que al fin de cuentas son las que nos explican cómo se conduce la energía de todo cuanto vemos. Si las aplicamos a la vida cotidiana, el asunto no resulta tan complicado.

Existe un concepto crucial para la química y la física que un tipo llamado Rudolf Clausius denominó entropía, y, aunque es putamente difícil de asimilar en mentes como la mía, que ayuda a entender por qué los procesos físicos se comportan de determinada manera y no de otra: ¿por qué el hielo se derrite?, ¿por qué la mantequilla se esparce suave en la arepita caliente?, ¿por qué el café hirviendo emana un aroma tan sabroso?, ¿por qué Elisa no se toma la puta sopa?

La entropía es básicamente una medida del desorden de un sistema. A ver si me explico un poco porque rara vez logro siquiera entenderme: mi vida cotidiana es bastante organizada; practico una rutina sencilla y predecible y empleo por lo general una energía mínima para mis movimientos calculados. Se podría concluir entonces que en mi vida de los días normales la entropía es escasa. Excepto a la hora de la comida de la hija de catorce, instante que el difunto Clausius podría comparar con un desastre natural a un nivel de entropía (caos, desorden, desespero) jodidamente alto.

Cuando llamaron a contarme que mi vieja Adelfa —aquella mujer callosa y chaparrita que invirtió la energía de sus años fuertes sirviendo a toda mi familia la puta sopa y que después se llevó sus achaques y sus callos a un pueblo cafetero en las montañas de Antioquia— se cansó de vivir y decidió echarse en una cama a dejar de comer y a dejar de hablar, los elementos que componen las células de mi sistema nervioso se desorganizaron todos generando un caos monumental. O sea, según Clausius un nivel de entropía el hijueputa. Y fue entonces cuando empaqué maletas y decidí dejar mi vida organizada en La Florida y largarme para la porra a visitarla.

Tuve la gran fortuna de cantarle el feliz cumpleaños el día que celebramos sus 87, y aunque cuando llegué a su casa no me reconoció de inmediato, desde el momento en que supo que aquella loca despelucada que la estaba abrazando fuerte era yo —¡ay mariadelaidita bendita!—, las dos magnitudes tendieron a igualarse para encontrar el equilibrio y requirieron de una transferencia de energía: ella me transmitió sus deseos de que yo me quedara, y yo le transmití los míos de quedarme. Y entonces me hospedé en el hermosísimo Hotel Posada La Porra, justo en el corazón de Concordia, a una cuadra y media de la casa de Adelfa.

La primera ley de la termodinámica establece que el calor es la energía necesaria para compensar las diferencias que se dan entre el trabajo y el calor interno que lo produce. En primaria básica la profesora de ciencias nos explicaba que la energía no se crea ni se destruye, sino que se transforma.

Adelfa se gastaba toda su energía haciendo su mejor esfuerzo para darme la puta sopa en mis tiempos de pañal y moco chorreado, y yo ahora me gastaba la mía tratando de darle el puto almuerzo en sus tiempos de incontinencia, paso lento, sordera y ceguera, y baba chorreada. Toda energía se transforma, y en El rey león de Disney, por ejemplo, a esta ley la representan como el ciclo de la vida.

La segunda ley de la termodinámica indica que no es posible que el calor fluya desde un cuerpo frío hacia un cuerpo caliente si no se produce un trabajo que genere este flujo: todo tiende al desorden de forma natural y solo es posible ordenarlo con la adaptación de una energía útil, pero es imposible convertir toda la energía de un tipo en otro sin ningún tipo de pérdidas.

En mis días concordianos comí sin dios ni ley pues tuve la suerte de ser recibida y agasajada en la casa de Adelfa y en todas las casas vecinas con sus delicias gastronómicas altas en calorías y grasa. Puro revuelto campesino: papas, yucas y plátanos verdes y maduros, todos sembrados y cosechados en las fincas vecinas, quesito, cuajada y suero que cocía doña Oliva con la leche del ordeño matutino. Mucho café y aguapanela. Y aguardiente también, jueputa, porque pueblo sin aguardiente es como amor sin beso y arepa sin queso. El efecto termodinámico fue entonces un desorden natural de tres kilos extra que a mis 42 años vienen siendo imposibles de revertir sin la intervención de un trabajo externo: la dieta Keto y Crossfit Xtreme con Marcus el bárbaro.

Concordia es el pueblo perfecto, situado a una altura y temperatura ideal para aliviar artritis, huesos desencajados, asmas, depresiones, ganas de largarse para la porra y demás enfermedades que acechan a las almas raídas. Los días se mueven al paso de arrieros y mulas, lentos y sin afanes, bajo un cielo azul interrumpido por el verde de los cafetales y un sonsonete continuo de música diversa en la que los ritmos tropicales y de despecho se mezclan como la brisa en el café a la hora del secado. Y su gente es cálida, amable, conversadora. En este rincón del mundo donde no pasa casi nada todo se va sabiendo y las emociones cambian de la misma forma que el chisme se olvida: a Alcirita, la de la tienda de abarrotes, se le dañó la caja de dientes ayer y el dentista no aparece. Cuentan que el nieto de doña Eunice anda en malos pasos; y parece que a la hija de don Tulio, el carnicero de la esquina, se la llevaron por allá para un matorral y le dañaron eso. Y ya sabemos que eso nunca se va a revertir por más calor y energía que le trabajen según las putas leyes termodinámicas.

La tercera ley termodinámica dice que al llegar al cero absoluto cualquier proceso se detiene, aunque en la práctica es imposible alcanzar este punto porque el calor siempre viaja del objeto de mayor al de menor energía, y cuando ya casi se está acercando al cero, el objeto recibe energía del ambiente impidiendo que se enfríe por completo. En teoría, al llegar al cero absoluto la entropía alcanza un valor mínimo y constante. O sea que no hay desorden ni caos.

Un martes de vientos frescos y sol brillante armamos paseo para la finca familiar, en la vereda Palo Santo a media hora del pueblo, de donde salió Adelfa hace muchos lustros a buscar futuro trabajando en los quehaceres domésticos de una casa en la capital de Antioquia. Contratamos en la plaza del pueblo un jeepao, el principal medio de transporte en estas tierras montañosas de campesinos y arrieros, para que nos llevara a Adelfa, a su familia y a mí, y nos pasara a buscar cuatro horas después a ese rincón muy cerquita del ombligo del mundo. Hablando en términos termodinámicos, el jeepao nos acercaría al punto cero, donde no existe nada de caos ni desorden. Entropía nula como diría el viejo Clausius.

La vía que conduce de la plaza de Concordia a la vereda Palo Santo es una serpiente sin pavimentar rodeada de verdes de todos los contrastes, perros vagabundos y cielo impecable. Pareciera que este lugar intercambia energía y trabajo con sus alrededores, pero no hay intercambio de materia y eso haría que los físicos lo consideren entonces un sistema cerrado. En los sistemas cerrados la temperatura aumenta con cualquier trabajo o movimiento. El polvo de la carretera se levantaba dejando una estela amarilla, los árboles se mecían con el corte del viento al paso del vehículo y los perros jadeaban y corrían persiguiéndonos. Ese era el mayor nivel de entropía que se podía experimentar en el trayecto a Palo Santo.

La finca es una casita de bahareque, muy pobre y muy destruida, ubicada en un punto perdido donde solo se ven plantas. Los físicos la compararían con un sistema prácticamente aislado donde no se intercambia ni materia ni energía con sus alrededores, lo que hace que la energía se mantenga constante. Pasa que, como dice la tercera ley, por más que se acerque al punto cero, el sistema siempre tenderá a recibir energía del ambiente. Y entonces llegó el jeepao con su música a todo volumen, sus pasajeros contentos y hambreados a alborotar las gallinas y sus pollos, y los perros viejos que dormían como sistemas cerrados, y a saquear sus platanales para asar maduros en el fogón de leña olvidado en una esquina.

Adelfa y yo fuimos felices. Nos mimetizamos en el sistema y nos olvidamos del mundo. Disfrutamos del viento, del olor a café, del trino de los pájaros y del tiempo pausado. Experimentamos el menor nivel de caos y desorden y estímulos negativos que en cualquier otro espacio podríamos vivir. Recordaremos ese instante de cuatro horas como uno de nuestros momentos de corrientes enérgicas positivas que nos acompañarán en la mente siempre que necesitemos recargarnos.

La ley cero de la termodinámica la enunció un tal Maxwel después de estar estudiadas y comprobadas las tres primeras leyes. Dice que si un sistema A está en equilibrio térmico con un sistema B y el sistema B está igual al sistema C, entonces el sistema A estará también en equilibrio con el sistema C. En ninguna parte del mundo he podido encontrar otro sistema tan complejo y fascinante como el de Adelfa. Por eso, quienes la conocemos sabemos que es única y que su vida marcará nuestro futuro de la misma manera que marcó nuestro pasado.

Me despedí de Adelfa. Las dos lloramos pero sin querer que la otra se diera cuenta. Nos dijimos que pronto volveríamos a vernos sabiendo que es muy posible que el fin de la vida, incomprensible y despiadado, se pase por el forro cualquier ley termodinámica, y la energía de ella se acabe. Al menos en el sistema que yo habito.UC