Número 116, julio 2020

Matarife: ¿terremoto o temblorcito?

Pedro Adrián Zuluaga.

 

Matarife
 

El 22 de mayo de este año empezó un terremoto mediático y de redes sociales: el estreno de la serie Matarife, del escritor, periodista y abogado Daniel Mendoza Leal, conocido, entre otras cosas, por sus encendidas columnas de prensa y por una polémica sobre la libertad de expresión en la que se enfrentó al Club El Nogal. El terremoto había sido antecedido por una eficaz campaña de expectativa, en la que ya se anunciaba el estilo de la serie: un tono confrontacional y de agitación que desafiaría, como el episodio del autor con el famoso club bogotano, los límites del derecho a la libre expresión.

En el primer capítulo, Mendoza Leal, quien tiene un papel protagónico como el narrador que interpreta la multiplicidad de archivos y fuentes en los que la serie se sostiene, menciona como un gran logro jurídico el poder calificar a Uribe con epítetos no solo insultantes, sino útiles para señalar sus vínculos con el mundo del crimen, luego de las acciones jurídicas emprendidas por el expresidente contra activistas, periodistas e influenciadores que se atrevieron a usar esos calificativos. Mendoza explica cuál fue la estrategia de defensa para el caso concreto de la demanda por difamación interpuesta por Uribe contra el periodista Gonzalo Guillén, uno de los productores de la serie. “Escriba Gonzalo un artículo, le dijimos, en el que usted explique con evidencias documentales, videos, citas e hipervínculos, el por qué le dice todo eso. Así no hubiera un fallo en firme condenándolo”. Guillén, con Mendoza como abogado, ganó una tutela por la cual —otra vez en palabras del narrador— “quedamos autorizados para tratar de matarife, paramilitar, asesino, corrupto y narcotraficante a este señor”. Matarife es pues una especie de spin-off de esa estrategia, al menos en la forma en que usa los mismos elementos para sostener la argumentación ad hominem contra Uribe.

El mal de archivo

La serie empieza, justamente, con un recorrido de la cámara por carpetas, archivadores, documentos, fotografías y computadores en los que reposarían las pruebas o indicios que Mendoza, investido del papel de detective, se propone reunir. El mayor interés de la serie es la recopilación de archivos dispersos: una memoria fragmentada de la historia reciente de Colombia cuyas astillas hay que buscarlas en los noticieros de televisión, los libros de periodismo investigativo, los testimonios de reconocidos criminales, entre otros lugares. Así se va armando lo que cuesta mucho definir si es un documental, un docudrama o una modalidad que Ricardo Piglia llamó relatos de archivo, o el archivo como modelo de relato. Para Piglia estos relatos expresan “la tensión entre materiales diferentes que conviven anudados en un centro que justamente es lo que hay que reconstruir”.

A diferencia de estos relatos mencionados por el escritor argentino, que serían como especies de novelas policiales al revés, en las que están todos los datos pero no se termina de saber cuál es el enigma que se puede descifrar, en Matarife no se plantea ninguna duda. El enigma está resuelto de antemano: Uribe es el culpable. Ante esa convicción preexistente, el archivo solo cumple una función de verificación. Para Mendoza da igual si la fuente que le permite acusar al hoy senador es un informe de Noticias Uno (medio reconocido por el rigor de sus investigaciones), una columna de opinión, algún libro olvidado sobre las mafias colombianas o un testimonio de Popeye. Si el mayor interés de Matarife es la recuperación de memoria, lo más decepcionante es cómo aplana la complejidad de los materiales recuperados.

Muchos han dicho que esa simpleza de la argumentación es explicable por el formato (capítulos de siete minutos y circulación por WhatsApp, Telegram y redes sociales) y que no estamos ante un texto sobrio o un libro de historia sino ante un producto mediático que incorpora una sensibilidad popular melodramática, es decir, maniquea, de buenos y malos tajantes, de villanos y justicieros sin pliegues. Mendoza, por cierto, se autoconstruye como un héroe de proporciones míticas en el que se reúnen las características de justiciero, delator, salvador, y, sobre todo, un traidor de su clase, que habla desde un conocimiento de primera mano de esas élites del poder en Colombia que él mismo calificó, en un artículo, como caníbales. Se afianza, de este modo, la narrativa del hombre fuerte y vengador: Uribe y Mendoza serían las dos caras de una misma moneda. Se diría que se necesitan mutuamente.

La duda que sale al camino es de qué manera esa pugnacidad, en vez de disputar el relato o el sentido común de la derecha, los reproduce. Qué efectos tiene, por ejemplo, reducir la historia de Colombia a una partida entre matones y mafiosos, como hace la serie, mientras las víctimas aparecen de manera sumaria o genérica. (Solo en la tercera parte del cuarto capítulo parece haber un contrapeso, cuando adquieren relieve figuras como Rodrigo Lara Bonilla o Guillermo Cano, y, al final, vemos el rostro de una mujer negra, tomado del documental Los matachines de Buenaventura, que reivindica la memoria de las víctimas, sumado a una dedicatoria que reza: “En memoria de las víctimas de Matarife”). ¿Contribuye esto a un ejercicio de memoria colectiva de carácter masivo, como lo han esperado quienes defienden Matarife y por lo cual le perdonan sus ligerezas interpretativas, sus excesos de adjetivación o el protagonismo narcisista de su narrador? ¿No es esa negación de la larga duración de nuestro conflicto social y político, y de la trama compleja de sus causas y consecuencias, el modus operandi del uribismo? Si la serie está dirigida, especialmente, a sectores sociales con poco acceso a información de calidad y a las nuevas generaciones, ¿no contribuye la serie a una mayor confusión histórica o a que la necesidad de comprensión quede reducida a encontrar un blanco fácil en el cual depositar toda la responsabilidad, es decir, un chivo expiatorio, alguien a quien condenar de manera expedita?

La sobreexposición del crimen, y la presunción de que este es el único vector de la historia reciente de Colombia, y el ocultamiento de las luchas y movimientos sociales que se han opuesto a su lógica y a su dominio, puede tener un efecto político paralizante, y sembrar a los supuestos nichos a los que va dirigida la serie en el conformismo, el descreimiento y la quietud. Y eso, en vez de romper la narrativa del establecimiento político de derecha, la fortalece.

Una recepción obnubilada

Si bien los efectos políticos de Matarife a largo plazo aún son imposibles de evaluar, los inmediatos revisten mucho interés. La serie propició un pulso entre intelectuales y líderes de opinión que empezó incluso antes de la circulación de su primer capítulo. Uno de los primeros en pronunciarse fue Mario Jursich, editor y exdirector de la revista El Malpensante, a través de una entrada de Facebook: “A lo mejor me equivoco de manera grave, pero yo en principio manifiesto mi escepticismo no sólo respecto al documental 'Matarife', sino a cualquier cosa que diga o ponga por escrito Daniel Mendoza Leal. En el pasado leí algunas entradas de su blog en El Tiempo y, basándome en ellos, puedo decir que es, además de un muy mal investigador, un pésimo escritor. No se trata de que sus denuncias sean inverosímiles o difíciles de creer: en un país como el nuestro incluso lo más descabellado podría ser cierto. Sin embargo, investigar es algo muy distinto a opinar, de la misma forma que presentar pruebas no se parece a especular a partir de indicios débiles. Sin haberlo visto, estoy seguro de que 'Matarife' será una sopa de lo ya conocido sobre el señor Uribe adobada con la pimienta de los muchos adjetivos y la sal generosa de las teorías de la conspiración. En resumen, un guiso incomible”.

En los días sucesivos, muchos otros nos pronunciamos en redes sociales, lo que generó un espacio secundario, pero tremendamente belicoso, de debate. Más allá de los matices de las opiniones que circularon, lo que es posible leer en esa necesidad de los intelectuales colombianos de pronunciarse sobre la serie es una especie de ansiedad: qué lugar tiene el pensamiento crítico, del que los intelectuales seríamos garantes, en la construcción colectiva de memoria. ¿Estamos siendo desplazados por narrativas de mayor efecto mediático? No puedo dejar de pensar en que esa ansiedad tiene que ver con las pérdidas que el sector cultural ha sufrido en los últimos meses, como la interrupción de la revista Arcadia, o, en términos más generales, con los debates alrededor del nuevo director y los nuevos lineamientos del Centro de Memoria Histórica. ¿Qué papel jugará en el futuro la argumentación racional y moderada sobre la historia y la memoria, o la producción académica, cuando el alto impacto social parece depender de los nuevos formatos?

Otra pregunta es si Matarife, cuya estrategia de circulación ha sido muy alabada, logrará mantener el interés durante todo el tiempo de su emisión: cincuenta capítulos distribuidos en cinco temporadas (aunque algunos capítulos se subdividen en partes). Tras los cuatro capítulos conocidos al momento de escribir este artículo, es posible notar que el debate, aún álgido, tiene una curva descendente, y que una de las formas de mantener a flote su interés dependerá de las acciones judiciales que emprendan los acusados por la serie (como lo anunció, por poner un caso, la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez).

La serie podría pasar entonces de los tribunales mediáticos, que son naturalmente calenturientos, a los opacos y largos procesos judiciales, que podrían redefinir el derecho a la libre expresión en el país. Esto plantea una paradoja que, considero, es lo más importante que está en juego: la tensión entre una memoria que busque la verdad y la reconciliación, por un lado, y el juego del espectáculo, por el otro. Podría ser también una ambivalencia entre la venganza, que es vistosa y espectacular, y la justicia, que conlleva compromisos, renuncias y, en últimas, diálogo. Los entusiastas de la serie afirman que una cacofonía de memorias es necesaria y que no todo es judicializable, que Uribe y el uribismo necesitan una sanción social y, en consecuencia, política. El otro escenario donde se dirimiría el efecto de la serie sería entonces las urnas. Aunque la serie esté construida en torno a la impaciencia, es paciencia lo que necesitaremos para llegar a ver sus consecuencias. UC