Número 104, febrero 2019

Lecciones de mecanografía
Gloria Estrada. Ilustración: Titania Mejía
 

Yo tenía los dedos de las manos frágiles y pequeños, y su escasa fuerza no me alcanzaba para golpear las teclas de la máquina de escribir y dejar marcada la hoja blanca con la respectiva letra. Así que como papá se empeñaba en que siempre estuviéramos aprendiendo algo, para fortalecerme los dedos y poder enseñarme mecanografía dibujó con lapicero en una mesa de madera un teclado elemental, con las letras y la barra espaciadora, nada de números ni de símbolos.

Con las canciones tristes y almibaradas de Leo Dan de fondo, papá dedicó una tarde completa a trazar las líneas del teclado hundiendo mucho el lapicero de tinta azul en la madera y, enseguida, las letras en mayúscula, impecables, en letra imprenta como la llamaba para diferenciarla de la letra pegada que nos había enseñado. Allí empecé a practicar por las tardes, golpeando la mesa como si fuera una máquina de escribir, haciendo planas imaginarias de asdf espacio ñlkj. Podría parecer un ejercicio extraño, pero no lo era, ya papá nos tenía habituadas, a mi hermana y a mí, a estos métodos caseros y prácticos de enseñanza; para entonces ya habíamos aprendido, por ejemplo, a nadar haciendo respiraciones en el tanque del lavadero de la casa.

Mientras yo practicaba papá pasaba supervisando mi postura, que las muñecas estuvieran levantadas, que los dedos no se alejaran demasiado del teclado. Además, y muy especialmente, me repetía que debía mirar al frente, no las letras que iba pisando, por más que al frente solo tuviera la pared de bareque contra la que estaba recostada la mesa y que estaba llena de hojas de bloc con las tablas de multiplicar pegadas con chinches.

Ilustraciones: Titania MejíaPara entonces yo era juiciosa. Creo que de niña siempre le di la talla a papá para todo lo que se le ocurría enseñarnos, por eso las tablas las aprendí mucho antes de que fueran un tema en la escuela. Así que me dediqué con empeño a hacer las planas imaginarias y de tarde en tarde yo misma me revisaba las yemas de los dedos para ver si se me estaba formando algún tipo de callo. Me animaba la idea de enfrentarme a la máquina de escribir que el tío Fabio había recogido, en perfecto estado, en un basurero en Estados Unidos, o al menos eso fue lo que él dijo; era una Remington azul de teclas muy duras en la que papá sacaba en limpio los temas de clase o los originales de los exámenes de final de periodo. En una especie de pacto tácito Fabio y papá se habían dedicado a regalarse cachivaches, libros de segunda y artefactos de uso desconocido que mi tío desarmaba como buscándoles el sentido en el alma de alambres y tornillos y que no era capaz de armar nuevamente. Por eso la Remington acabó en nuestra casa, así como en la suya terminó por ejemplo un coco de teléfono que no recuerdo de dónde salió, pues para ese momento ni siquiera había servicio telefónico en el pueblo.

Los meses de mi práctica en la mesa de escribir coincidieron con que papá, soltero desde hacía rato y de 36 años, se había conseguido de novia a una empleada del hospital y empezó a hacerle la visita. Se trataba de una mujer casi de su misma edad que solo saldría de su casa debidamente casada por la iglesia y que lo recibía junto con el papá y la mamá sentados en la sala. De vez en cuando salían a bailar o a tomar gaseosa en el parque, como un par de adolescentes. Papá seguro se enamoró pero también era verdad que necesitaba que alguien le ayudara a acabar de criar a sus dos hijas. Entonces se volvió rutina que nos preparara la cena antes de la siete y se fuera para El Pedrero, loma arriba, el barrio donde ella vivía, a unas diez cuadras del nuestro.

Una noche, cuando recién había iniciado mis lecciones de mecanografía y papá había empezado a irse durante dos o tres horas varias veces a la semana, no llevaba media hora acostada en mi cama cuando escuché un golpeteo in crescendo en el teclado tallado por papá. Era el mismo ritmo que yo seguía, pero con más fuerza. El terror que me invadió solo me dejaba mover para taparme los oídos, uno contra la almohada y el otro con la cobija. La mesa estaba en el corredor al que daba mi habitación, es decir que la pared contra la que estaba recostada era una de las de mi pieza. Podría haberme puesto de pie en un salto, abrir la puerta y ver qué demonios estaba pasando, pero el miedo no me dejaba. También me impedía pasar a la habitación contigua, la de mi hermana, separada de la mía por una cortina. No sé cuánto tiempo duró el tecleo, que se detenía a intervalos muy cortos, una eternidad aterradora supongo.

La extraña visita continuó noche tras noche, siempre que papá no estaba. De día él me decía que estaba sugestionada y antes de irse me daba agüitas de manzanilla para que durmiera mejor. Pero el tecleo nocturno persistía. En las mañanas yo miraba la mesa con terror, buscaba algo distinto, una mancha, un hueco, algo; imaginaba no sé qué ente sentado en mi silla, haciendo las planas sin luz y con mucho ruido. Por las tardes, antes de empezar mi lección, restregaba la mesa con un trapo húmedo como queriendo eliminar el rastro del más allá. Cada jornada de práctica se fue llenando de rabia, yo sentía que estaba compitiendo con ese espanto. ¿Quién podía darle más duro? No eran los dedos de un niño los que hacían ese ruido, no necesitaban fortalecerse. Era increíble que mi hermana no lo oyera. Solo cuando las llaves de papá en la puerta entraban en escena se detenía.

Con las semanas el mecanógrafo se convirtió en todo en lo que yo pensaba durante mis lecciones frente al teclado. Con la mirada clavada en la pared le estaba gritando que no volviera, que me dejara en paz, que se callara. Asdf espacio ñlkj aq aw ae ar doble espacio ñp ño ñi ñu. Decía la plana en voz alta. El valor que me abandonaba en las noches me inflaba de ímpetu en el día. Papá decía que iba muy bien, que pronto iba a poder con la Remington, la pesada máquina de escribir con la que yo quería sepultar al fantasma tapándole el teclado sobre la mesa. Nunca se me ocurrió pensar que él también quisiera usarla.

Pero papá me tenía una sorpresa. Y cuando yo estaba esperando que me pusiera la Remington enfrente, lo que descargó fue una maletica gris con cierre en la que venía la Brother ultraliviana, la Brother que nos acompañaría durante el resto de nuestros años escolares. Yo ya estaba lista y feliz, aquella maquinita era de un blanco hueso, muy bonita y moderna. Recuerdo que entre papá, mi hermana y yo forramos la mesa con papel contac y para más tranquilidad él accedió a que la giráramos para que el antiguo teclado fortalecedor de dedos, ya cubierto con un estampado de figuras geométricas, quedara contra la pared.

Yo no sé si fue todo ese rito o la noticia de que papá iba a casarse lo que hizo callar al fantasma, el caso es que para ese momento yo ya estaba preparada para las situaciones más duras, incluida una madrastra. UC