Número 100, septiembre 2018

Minutos nada más
Fernando Mora Meléndez. Ilustración: Samuel Castaño
 

Suceden encuentros extraños con la gente del barrio que vemos todos los días. Y cuando estas cosas pasan tienen algo de definitivo, tanto así como para dudar si todo aquello que sucedió todavía existe en algún lugar. Cualquier tontería que digas puede ser tu frase póstuma. Por eso, ante la nada, es mejor callar…

Lo haría, si algo no pugnara por volverse palabra, un pálpito que busca dejar alguna constancia, aunque efímera.

Salgo a la calle en esta hora animada con gritos de niños que se tiran una pelota, obreros que regresan como un chupo de trabajar en lejanos talleres, y bellas escolares que van donde una vecina a copiar su tarea. No bien he caminado dos cuadras, me encuentro a la Pálida. Ahora todavía la llamo así porque no me acuerdo ya si su nombre era Susana, Adriana… tal vez Lina o Paola. Quizás más adelante lo recuerde. O, si lo olvido, por algo será: la memoria quiere resguardarme de algo.

Por ahora digamos que la Pálida es el nombre que le dieron mis amigos, después de que le pusieron la válvula esa en el corazón, que fue cuando se puso así de ese color. Y la verdad es que nunca había reparado en ella, solo ahora que la veo con una de esas tristezas que siempre me han inquietado en las mujeres. ¿Qué habrá tras esa melancolía que tiene el encanto de un licor no probado? Es muy flaca, pienso, pero tiene unas grupas lindas, dice otra voz en mí, la voz de la tentación, o del deseo que susurra entre líneas: debe ser una mujer tan sola que estallaría con la más suave caricia porque detrás de esa dejadez y ese abandono hay fuego aprisionado. Eso es, sí, eso es.

Entramos en una tienda. Ella pide una libra de arroz, un manojo de cilantro, un cubito de caldo concentrado. Tiene la actitud aburrida de quien hace un mandado de mala gana, como tal vez diría su madre. La invito a una coca-cola, pero ella solo acepta un chicle. Qué raro me pareció que una muchacha así mascara chicle.
No es para mí, aclara, es para mi sobrino.

Al salir de allí me sorprendo al ver que, en sentido contrario, por la misma acera, viene mi exesposa con un fulano que no conozco. Ella trata de escabullirse, pero es muy tarde. La cercanía se lo impide. Nos saludamos de la manera más formal y civilizada. Ella lanza una mirada a los ojos de la Pálida y sigue su curso. La chica se vuelve con una expresión desamparada. Al doblar por un callejón nos hemos trenzado a besos. Tiene una boca fina, casi trazada con aerógrafo; aunque su lengua es traviesa, casi precoz.
Ilustración: Samuel Castaño—Vamos a algún lugar —le digo.
—¿Adónde?
—No sé, a alguno donde podamos estar solos y tranquilos.
—¡Qué te pasa! Yo soy una hija de familia, y salí a hacer un mandado para la comida.
—No le hace, yo te espero aquí en la esquina. Vos vas, dejás eso y volvés. Decile a tu mamá que vas a hacer una vuelta, que se te había olvidado entregar un libro en la biblioteca.
—¿Qué libro? —dice ahora, con cara bovina.
—Uno cualquiera, yo qué sé… algo urgente. (Urgente es lo que tengo por dentro, que me acosa)
—Ahora es imposible —me dice—, tal vez mañana.
—¿No has oído hablar del no-futuro? Del mañana nada sabemos, me entiendes.
—Sí, te entiendo. Y eso qué. Mi mamá es mi mamá. Y yo te acabo de ver apenas.
—No digas mentiras, si ya nos habíamos visto…
—Bueno, pero es la primera vez que…
—Siempre hay una primera vez —le insisto—. Oye, ¿qué te pasa?

Mientras tanto hemos caminado, sin darnos cuenta, unas cinco cuadras, ya bordeamos el centro del pueblo y ¿es posible esto? Estamos a boca de jarro de una pensión llamada Hotel Rosicler, dice un aviso pintado en madera ordinaria. He empujado a la flaca hasta el zaguán y en el anteportón una anciana nos pregunta si vamos a amanecer. Es solo cuestión de minutos, le digo yo, atolondrado. La Pálida no ha hecho repulsa. Entramos y digo que todo iría muy bien si no fuera porque después de unos roces íntimos ella se queda muda, cierra los ojos, está helada.

Despierta, le digo, ey, pero entonces ni siquiera recuerdo su maldito nombre. Contemplo su desnudez sobre un montón de arroz desperdigado por las sábanas, miro al suelo y veo el manojo de cilantro y digo: ¡No!, ¡esto no me puede estar pasando a mí!.UC